por Alberto Irabece
Las esquinas son, seguramente, una de las más importantes instituciones de la vida afectiva de los argentinos y desde ellas los poetas del tango han indagado, lúcidamente, nuestra cotidiana realidad.
Hacia 1934 Celedonio Esteban Flores y Francisco Pracánico se detuvieron en "Corrientes y Esmeralda" y nos regalaron una obra inolvidable.
Celedonio nos cuenta que en los salones de baile o canguelas de los alrededores de esa esquina coexistían, a principios del siglo, la caña con el gin-fizz importado; el monte criollo con el pase inglés; y la quiniela, que ya tenía carta de ciudadanía, con el juego de bacará.
El período que media entre la derrota de los guapos por efecto del cross de un elegante, hasta el ensanche de la calle Corrientes, realizado en la época en que la obra fue compuesta, son etapas de un cambio que se inicia insensiblemente, en la precaria simultaneidad de las costumbres que señala el poeta.
Ese cambio ciudadano no fue instantáneo porque en 1939, cuando Homero Manzi y Antonio De Bassi componían "Manoblanca", las chatas celestes con sus yuntas de ruanos todavía cruzaban ligeras las calles del sur.
Y a la pregunta del poeta ¿Donde vas, carrerito porteño, /con tu chata flamante y coqueta, /con los ojos cerrados de sueño /y un gajo de ruda detrás de la oreja? el tango le contesta que lo esperan otros ojos, que suponemos seductores, en la esquina de la Avenida Centenera y Tabaré.
Los tiempos felices, la vida fácil de los barrios tranquilos y los amores juveniles se reviven en "Tres Esquinas", "viejo baluarte del arrabal", un hermoso tango compuesto por Alfredo Attadía y Angel D'Agostino en 1941, que fue cantado por Angel Vargas y Alberto Castillo, entre otros.
Tres Esquinas hace referencia a la actual intersección de Osvaldo Cruz y Montes de Oca, donde un viejo café o pulpería y una estación del Ferrocarril del Sud ya desaparecida, tenían ese nombre.
La estación ya no existe y el café, antes de pasar al olvido, se lo llamó "Cabo Fels" en homenaje al aviador que realizó el primer cruce del Río de la Plata uniendo a Buenos Aires con Montevideo.
Se afirma, sin embargo, que la denominación del barrio es más antigua que el cafetín o la estación y se remonta a una época anterior, en que Cruz y Montes de Oca eran conocidas como San Luis y la Calle Larga.
Ese cruce, que como todos los cruces tenía cuatro esquinas, solo exhibía edificios en tres de ellas y parece que esa particularidad motivó a José Hernández Plata, el abuelo del poeta, a llamar "Tres Esquinas" a su residencia situada en ese lugar.
El nombre gustó a los porteños, el barrio lo adoptó y San Luis también fue conocida como Tres Esquinas hasta que en 1921 la Municipalidad de Buenos Aires le impuso el nombre de Osvaldo Cruz, en homenaje a un médico brasileño.
Otros recuerdos, alejados del tono idílico y de "las lindas pibas de delantal" que florecían en el barrio de "Tres esquinas", inspiraron a Enrique Cadícamo y Rosendo Luna (dos nombres y apellidos para una misma persona), para componer "Tres amigos" en 1942.
Allí se evoca la estrecha amistad que unió a Pancho Alsina con Balmaceda y otro, que se quedó en el anonimato, que se reunían en la esquina de Suárez y Necochea, en la Boca, para caminar luego por esas calles del Sur.
Y esa amistad se puso a prueba una noche en los Portones, hoy Plaza Italia, y poco después en Barracas ya que, como advierte Cadícamo, "nunca faltan encontrones cuando un pobre se divierte".
El arte del payador y del cantor, siempre apreciado por nuestro pueblo, hizo que en 1945 Cátulo Castillo y José Razzano evocaran el Café de los Angelitos, al conjuro de "las voces que ayer llegaron y pasaron y callaron".
Gabino Ezeiza, Higinio Cazón, José Betinotti y Carlos Gardel ya no estaban pero el eco sutil de sus canciones permanecía aún en "Rivadavia y Rincón, vieja esquina /de la antigua amistad que regresa /coqueteando su gris, en la mesa /que está meditando en sus noches de ayer".
Para 1948 Buenos Aires había cambiado y Homero Manzi, desde la esquina de San Juan y Boedo y "todo el cielo", pensaba en Pompeya y su vecina inundación.
Y con la excusa de un recorrido por la geografía del barrio, el poeta intentó volver a un tiempo que sabía irremediablemente perdido y al perfecto amor que perduraba entre la esquina del herrero, la vereda y el zanjón.
"Sur" unió a Homero Manzi, Aníbal Troilo y Edmundo Rivero que en la noche de su estreno, en el Tibidabo de la calle Corrientes, decidieron la suerte del verso " y tu nombre florando en el adiós", al cambiarlo por el definitivo "flotando en el adiós".
Hacia 1951 Raúl Hormaza y Eladio Blanco nos contaban la vida de un peligroso caballero de avería en un tango lunfardo que Juan D'Arienzo y Alberto Echagüe se encargaron de popularizar.
La obra se llama "El nene del Abasto", lleva por subtítulo "El pesao", y expone un pintoresco curriculum-vitae que se inicia con una infracción a la ley de juegos que lo llevó a "Bermudez y Nogoyá".
La referencia señala, piadosamente, el emplazamiento de la cárcel de Villa Devoto, un lugar que el "Nene" visitó en "treinta" oportunidades, sin contar los diez años en "Las Heras" por "apretar el gatillo" y dos "por el coco" que pasó en Tierra del Fuego.
Mario Battistella y Edmundo Rivero le reprocharon sus andanzas malevas en otro tango lunfardo, de tono moralista, titulado "P'al Nene", diciéndole: "La patota sobradora te apodó "El Nene del Abasto", /rebuscaste para el pasto y en gayola fuiste a dar. /Empezo tu mala junta, fuiste chorro, prepotente, /y embalao en ese ambiente de muy guapo te la das."
Y por 1970 Cacho Castaña nos hablaba de la esquina de Gaona y Boyacá, con su "Café La Humedad" aquel del billar, reunión, sábado con trampas y un gato que destrozaba cordones de zapatos.
No todos los recuerdos le son gratos porque acechan los temibles fantasmas de la soledad y la espera detrás de un pocillo con café frío y varios ceniceros repletos, que son finalmente exorcizados con historias de la barra eterna del "Café La Humedad".
Poco importa si el húmedo boliche se encontraba en Gaona y Boyacá o Gaona y Andrés Lamas, como afirman los memoriosos, porque el drama existencial es el mismo y siempre se agudiza en una noche de llovizna, cuando el "aliento empaña el vidrio azul del viejo bar".
Y debemos terminar nuestro recorrido por las Esquinas del Tango porque de pronto llegamos a una muy personal, la que se encuentra en medio de nuestros recuerdos más preciados, ésos que todos guardamos en un rinconcito del corazón.

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